Aquellas maravillas
Creo escuchar un pulso interno en el polvo
y en la tierra
cuando en esta noche de hace tantos años camino
y camino,
hasta ti, Caribdis, histórica, última, penetrante.
Creo escuchar, al ritmo del tamtam, un pulso interno
en el aire de estas calles,
en la atmósfera helada de Noviembre,
en tu respiración etílica, tranquila, sinuosa, interminable.
Busco constante ese ritmo entre la gente, en las copas
entrechocantes de la madrugada que me observa
deambular por el páramo oxidado de mi memoria.
Creo escuchar, sí, ese pulso interno en la vida
que nos rodea lentamente, que nos mece
sin sentido,
en este cuerpo tan ajeno a mí
como a ti, en este presente desbordado de nosotros,
acabado por la constancia del ver, por el golpe innato del
carnero,
por el sonido que lucha y nunca se convierte en voz:
la despedida más triste entre tu tacto y el mío.
Pero solo es polvo y viento frío de Madrid, y algún recuerdo
que baila el compás de la última llama en la noche,
ya no encuentro ese pulso en el camino, en tu respiración
tranquila,
en mi cuerpo tumbado junto al tuyo,
en la calle que nos ve esquivar nuestros sentidos,
nuestros instintos callados,
en el tiempo perdido que huye de mi con su paso
inexorable.
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