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En esa misma mesa verde

    cuyo color recuerda al agua estancada,

        quizá por tantas y tantas horas de suspiros

        y bostezos para aplacar el placer

        aunque esté tres filas más atrás,

hace más o menos los mismos años

    que nos separan como milimétricamente

    podemos ver que le ocurre a las vetas

    y a la corteza, incluso en invierno,

    de los árboles que ahora sujetan con filosofía

    tu pensamiento

    y que conmigo hicieron lo mismo

mi cuerpo se sentó delante con paciencia,

    con una resignación mal entendida,

    con el tiempo del que tiene todo por delante.

Pasaron los colores más allá de la ventana

    y después de amarilla como esta

    las hojas cayeron afuera, pero también

    en la mochila y en la mesa y por el suelo

    (aprendí más tarde que un cuaderno

    es un invento cojonudo,

    pero las servilletas siguen siendo atractivas).

Quizá algo se quedó por ahí, perdido y enterrado

    entre las marcas y los nombres

    y otras promesas de amor eterno

    que los años pusieron en su sitio.

Quizá a golpe de palabra (y puños

    o botellas en ocasiones)

    he buscado ese algo indefinible que dejé

    como recuerdo solitario

    en este memorial a la pérdida de tiempo.

Quizá no lo he visto y saltaba

    de un lado a otro de la mesa

    o por el suelo, eso hemos dicho,

    como un atleta contorsionista de lo visible.

Pero yo ya no soy ni debo buscar en la memoria,

    aunque se materialice y palpe el acero y el conglomerado

    y vea las paredes como vuelven a salir

    las hojas en primavera.

Tú lo encontraste o lo trajiste o de alguna forma

    apareció de nuevo y como el vino

    mejoran los trazos con los años.

 


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