2/1/22 Solo se trata de prestar atención cuando ya han bajado los cierres y caminan torpes por las calles los perros sin hogar, sin patria ni dueño que les llene el corazón. La perpendicular azul que los cubre engaña como falso cielo o un sol marciano a medianoche. Sigue el rastro de la juventud, de la bohéme mal entendida, guitarras con sabor a cerveza y cigarro y la calle sucia como un cliché manoseado por todos. Así, torpes y sucios también como los adoquines y la noche hasta el espíritu buscan la pausa en la caricia del mendigo que apenas llora por el frío del mes de enero, colillas que como manos debajo de una mesa escolar se encuentran en el silecnio.
En esa misma mesa verde cuyo color recuerda al agua estancada, quizá por tantas y tantas horas de suspiros y bostezos para aplacar el placer aunque esté tres filas más atrás, hace más o menos los mismos años que nos separan como milimétricamente podemos ver que le ocurre a las vetas y a la corteza, incluso en invierno, de los árboles que ahora sujetan con filosofía tu pensamiento y que conmigo hicieron lo mismo mi cuerpo se sentó delante con paciencia, con una resignación mal entendida, con el tiempo del que tiene todo por delante. Pasaron los colores más allá de la ventana y después de amarilla como esta las hojas caye...
Es el niño que juga con la arena de la playa y corre con sus pies infantiles y desnudos el extremo fértil e insolente de la frontera. Mientras un grito de dios griego inunda cuevas como al arena cambiante y el rastro ausente del mar traza límites perfectos en lo efímero, la frontera fluye, quebradiza, entre el tartamudeo danzarín de los primeros pasos. La joven carente de forma del sabor salubre en el aire camina por el paseo marítimo con el mismo rumbo que los dados rebotando en el cubilete [qué valor hay que tener para trazar la línea con veinte años].
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