Sigh

Roto, un suspiro duerme en una cama, intentado no pensar, no respirar, no imaginar que cuando vuelva a salir a la calle tendrá que abrocharse el abrigo hasta el cuello. Viviendo en su particular invierno constante, camina sin rumbo, entre grises gritos que le agobian, tropezando con las piedras que el mundo pone en el camino de la Humanidad. Se lleva lo peor de recorrer al azar las calles, encontrando lo que nunca quiso ni soñar, a quienes nunca quiso enfadar, los que siempre perdonó sabiendo que, al final, serían un gritito y un "Salud" como fin.
Por eso no entiende, no comprende por qué no ha de abrigarse con la soledad cada vez que sale, cada vez que vive, cada vez que sueña, si al menos ya está convencido de su inconsciente autodestrucción.

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