Arrivederci Rome.

Estaba harto de ese maldito pitido. Siempre que empezaba a relajarse empezaba a sonar, recordándole que tenía algo que hacer en alguna parte de algún sitio y que, probablemente, no le fuera a gustar. Pero ese día era diferente, llevaba toda la mañana esperando a que ese sonido le sacase del tedio que le ahogaba. Las cinco y media, hora del té. El abrigo, la cartera, la cordura y cuatro capas nuevas de rojo al corazón, el negro asustaba demasiado a los peatones. Andando por la calle, miraba las farolas, hasta que en la vigésimo segunda tropezó con ella. Dieciocho horas de bache semanal esperando para acabar quedándose quieto, mirando sin saber que hacer. Qué duros son los dos besos de cortesía.
-Hola.
-Hola.
Parecíamos fantasmas, mirando cada uno a través del otro sin ver nada. Me invitabas a dar un paseo, pero el único que quería dar era el de mi boca sobre la tuya. Besarnos, eso sí que se nos daba de miedo.

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