Silencios en Si Sostenido. Esperanza.
Sentado en el plástico de mi memoria, me encuentro con la gran ciudad a mis espaldas, pensando qué, cuando, cómo decirte que estar lejos de tu sombra es difícil hasta para el hombre más paciente. Pero aquí estoy, lejos, muy lejos, de cualquier tipo de comunicación táctil con tus recuerdos, de poder sentir el brillo de tus ojos cuando se cierran bostezando unas palabras de amor. Pero no dejo al desaliento que se instale en el sofá de cuero que me guiña las cosas que haría si estuvieses aquí conmigo, pues no quiero que haya algo más que el deseo frustrado por el Atlántico de perderme en tu caminar que distraiga mi cabeza de lo que se encuentra tras el marco de mis ojos.
Y mientras tanto suena en algún sitio de ese rincón de la esquina ese tema que bailábamos tu y yo a la luz del atardecer en el balcón de mi cabeza, todas las noches, mientras esperaba que llegase alguna paloma, brisa, soplo o cuchillo que me trajeran noticias tuyas. También veo, a través de lapiceros, bolígrafos, cuadernos y demás material destinado a la autodestrucción, el gran bosque que este no hacer nada me evoca constantemente aquella pequeña arboleda donde pudimos haberlo hecho todo. En cada hoja, en cada rama, en cada veta de la madera veo pares de ojos marrones que me vigilan por si pierdo algún segundo de pensar en que no hay mayor peligro que ahogar el silencio que mantengo por tu ausencia en el fondo de una jarra de cerveza. Y, al final de mi perímetro, por establecer un termino a aquello que no tiene, me saluda ese borboteo de luz que señala el momento en el que me levanto y camino hacia el pensado:
"Ojalá seas tú"
Y mientras tanto suena en algún sitio de ese rincón de la esquina ese tema que bailábamos tu y yo a la luz del atardecer en el balcón de mi cabeza, todas las noches, mientras esperaba que llegase alguna paloma, brisa, soplo o cuchillo que me trajeran noticias tuyas. También veo, a través de lapiceros, bolígrafos, cuadernos y demás material destinado a la autodestrucción, el gran bosque que este no hacer nada me evoca constantemente aquella pequeña arboleda donde pudimos haberlo hecho todo. En cada hoja, en cada rama, en cada veta de la madera veo pares de ojos marrones que me vigilan por si pierdo algún segundo de pensar en que no hay mayor peligro que ahogar el silencio que mantengo por tu ausencia en el fondo de una jarra de cerveza. Y, al final de mi perímetro, por establecer un termino a aquello que no tiene, me saluda ese borboteo de luz que señala el momento en el que me levanto y camino hacia el pensado:
"Ojalá seas tú"
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