Del balcón al río.

Ya es la hora. Hay que prepararse para salir. Me cuesta, pero lo intento, saco un pie y empujo. Casi estoy fuera de la cama. Hago un último esfuerzo y me levanto. Que pequeños se ven los lunares de mi almohada desde estas alturas. Bueno, no hay tiempo para reflexiones. Me meto en el baño, me aseo y, una vez terminados todos estos rituales, saco los instrumentos necesarios para camuflarme. Lo hago con cuidado, poniendo atención en cada detalle; no puede estar bien, tiene que estar perfecto. Termino y dejo el instrumental en la repisa, dispuesto a coger fuerzas. Pero antes, vuelvo a mi camastro y busco entre todos los trasto que hay por el suelo y, cuando ya me empiezo a cansar, lo encuentro. Levanto la caja blindada del fusil, tecleo la contraseña y deposito con cuidado el arma sobre la mesa. Ahora sí, ya estoy listo para el desayuno. No es nada contundente lo que tomo, prefiero ir ligero, pues la guerra me sienta mal. Y, por fin, ya no queda nada pendiente. Me quito las gafas, las limpio con cuidado y, al ponérmelas de nuevo, lo veo todo con otro ángulo. Regreso al baño, guardo el secador y recojo el lápiz que dejé sobre la mesa. Todo terminado, es el momento de salir a la calle, a la hora que se apagan las farolas.

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