Al fondo a la derecha.

Aquella pared me está invitando a algo. No se a qué, pero lo cierto es que hay algo en ella que me incita. Es gris, envejecida y con alguna que otra grieta. Tiene ventanas, algunas subidas, otras prefieren seguir manteniendo el anonimato de lo que esconden. Las hay decoradas, con plantas o racimos de ropa,  con gente que observa y piensa, con mascotas que susurran al mundo la novedad. Me cuenta mi pared que todas tienen sus historias. Todas, hasta las que respiran luna por los cuatro marcos. Puede que las mejores historias, o las más interesantes, intrépidas y curiosas las escondan las que están cerradas. Pero es ella, mi pared, la que me dice que no. Son las que me muestran su mobiliario, sus gentes y costumbres propias las que hablan más, pues se abren abiertamente a todo lo que tenga que descubrir desde mi propia ventana. Sin embargo, me tienta más lo desconocido que la posibilidad de encontrar mundos fascinantes que no niegan la entrada. ¿Por qué? No sé. Será el poder de la ignorancia. El querer adentrarse en terreno vedado y ver qué hay más allá. Mi pared, la pared opaca que me sigue seduciendo a algo pero no me dice a qué, la que calla si le muestro una flor que luego desaparece ante todos estupefactos, ella y yo, somos todos, no incluiré a nadie más, el cemento, yo y mi sombra proyectada en ella. Todo me lo cuenta pero no me deja descifrar sus palabras. Y seguiré intentando adelantarme.

Apago la luz, me giro y veo que todo lo que reflejaba el espejo ya no esta, sólo quedo yo, y al marcharme, mi pared pierde su efecto al no poder contarme nada, pues necesita reflejarme para sorprender al azar.

Comentarios

  1. Que sepas que me encanta tu blog y espero que publiques algo pronto porque me veo reflejada en muchos de tus pensamientos y me gusta mucho leerlos :)

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