Impresiones de un soñador. Repetición, ya nunca.
Y ante la duda de si escribir o callar, aquí me ves. Me vuelvo y veo mi propia inmensidad, la realidad de alguien que escribió a alguien algo parecido a esto que hoy te escribo a ti. A ti, que en todos los rincones por los que he pisado, me has seguido, de cerca, o de lejos, pero siempre ahí, en mi constante sueño de abrazarte y no soltarte jamás.
Hemos recorrido mundo, tu y yo, sin ser conscientes de que viajamos en el mismo viaje hacia ese sitio... Aquel lejano rincón, en el borde, donde morirán nuestros besos, abandonados en tu caja de ilusiones. Y lo buscábamos. En una góndola negra surcando el agua emponzoñada mientras el campanario central nos recordaba que llegabas tarde, medianoche, las princesas tienen que volver a casa. En la bicicleta que nos llevó por el paseo de lo bello, antiguo, versátil, atemporal, perfecto contigo. En lo abundante, en la diversión imposible dentro de mi mismo, en todos aquellos lugares por los que mi cuerpo ha formado una sombra momentánea bajo el Sol, ahí estabas tu. Y sin salir de tu refugio. En el norte, o sur. Este u oeste. ¿Qué importa? En el punto medio, pues mi epicentro son tus ojos.
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