Filosofía de una cerilla. Cangrejos carnales.

Ciertamente lo soy. O lo es ella. Quizá los dos. O más bien todos en conjunto. ¿Quién sabrá? Yo no. ¿Y tú? Tal vez. ¿Sí o no? No me lleves al extremo. Llevame al Sur. Supón que no me gusta. ¿Qué harías?¿No lo sabes? Buena pregunta, ¿y yo? Desde luego, no hay ninguna duda: te besaría. ¿Y qué más? Pues un paseo. Por la playa, por ejemplo. Arena rubia y blanca espuma como una cerveza bien fría. Un ancho mar al fondo. Una gaviota haciendo necedades sobre un delfín. Y un final. Entonces mejor démonos la vuelta. Fíjate, ¿no lo has visto? Si, es cierto, muchos interrogantes caminan por este sitio. Ah no, bueno, me confundí, son cangrejos. Curioso, van el revés. Como nosotros. Quizá retrasen algo. O quieran volver al principio. ¿Para qué? No lo sé... ¡preguntemoselo! Ah cierto, los cangrejos no hablan. Pero, ¿donde quedó lo prohibido? Si, el deseo negado, el no sin quererlo, el frío en la nuca que te congela el corazón. ¿Y todo eso, dónde se quedó? Quizá lo perdimos debajo de algún grano de arena. Hay muchos por aquí. Sería relativamente sencillo que se perdiera. O no, ya sé, solo es una teoría pero es lo único que hay. Tal vez, se quedó al inicio. Sí, ahí, justo ahí, en ese primer beso. Bueno, entonces, habrá que hacer algo para remediarlo. ¿Lo buscamos? Venga, ¡anímate! Será divertido. ¿Sí? Bien. No, no sé por donde es, ¿y tu, lo sabes? Ahh tampoco ¿verdad? Así pues, solo hay una solución: sigamos a los cangrejos.

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