Impresiones de un soñador. Carta a mi única catástrofe.
¿Sueño? Umm... no. ¿Pereza? ... tampoco... ¿Ilusión, esperanza? Eso espero.
Hoy estoy triste, cansado, deprimido. Me oprime el alma una sensación de vacío. Me miro frente al espejo y, con pena y circunspección, me noto sucio, manchado, ultrajado. Me observo lentamente, me analizo con cuidado. Veo como las primeras canas comienzan a aparecer en dispersos lugares de mi cabello. Advierto una solitaria arruga que ha nacido en mi rostro junto con unas ligeras ojeras que desvelan mi escaso reposo. Me detengo lentamente a cavilar sobre estas señales inevitables pero, en este momento natural, inconcebibles. ¿Qué ha podido pasarme? Aún soy joven. Alimento con abundancia y sabiduría tanto mi organismo como mi pensamiento. Ejercito por igual la mente y el cuerpo. Así que ahora, una vez terminada la argumentación de la razón objetiva, tengo que volver a formular la cuestión que en mis cavilaciones es retenida: ¿qué, o mejor dicho quién pudo, podría y en este momento puede alterarme de esta forma? Podría resultarme ciertamente complicado hallar una respuesta satisfactoria si fuera un hombre dado al exceso pero, puesto que esto no está más lejos de la realidad, debería encontrar la solución del acertijo en un sitio más pausado. A su vez, y no en esto juegan a favor las circunstancias, al no estar mi Dorado en el consumo en demasía, bien sea de penas o placeras, más tendré que remover el interior de mi existencia hasta quizá un extremo harto complicado. Y, aunque bien sabido es de mi persona su sencillez tranquilizadora, mas no por ello menos compleja mi reflexión sobre el tema expuesto en esta mesa, no creo que por esto debiera ayudarme la Fortuna en este enigma paradisíaco. Mas ya es momento de empezar el combate que a corazón y mente en mi interior enfrentará su desenlace.
Fueron más derrumbes que alzamientos los que me sucedieon, mas no con espíritus dispersos, si no todos con el mismo ángel desterrado. Por cada obstáculo salvado me encontraba mil kilómetros minados. Cien victorias sucedieron a diez mil derrotas y escasos aciertos se sucedían en un profundo desatino continuado. ¡¡Ahh!! ¡Cuerpo de diosa y mente de diablo, es a ti a quien debo todos mis fallos! Y por buenas maneras y orgullo, también a mi en la culpa me incluyo por haberte seguido más allá de la muerte hasta el último minuto.
Hoy estoy triste, cansado, deprimido. Me oprime el alma una sensación de vacío. Me miro frente al espejo y, con pena y circunspección, me noto sucio, manchado, ultrajado. Me observo lentamente, me analizo con cuidado. Veo como las primeras canas comienzan a aparecer en dispersos lugares de mi cabello. Advierto una solitaria arruga que ha nacido en mi rostro junto con unas ligeras ojeras que desvelan mi escaso reposo. Me detengo lentamente a cavilar sobre estas señales inevitables pero, en este momento natural, inconcebibles. ¿Qué ha podido pasarme? Aún soy joven. Alimento con abundancia y sabiduría tanto mi organismo como mi pensamiento. Ejercito por igual la mente y el cuerpo. Así que ahora, una vez terminada la argumentación de la razón objetiva, tengo que volver a formular la cuestión que en mis cavilaciones es retenida: ¿qué, o mejor dicho quién pudo, podría y en este momento puede alterarme de esta forma? Podría resultarme ciertamente complicado hallar una respuesta satisfactoria si fuera un hombre dado al exceso pero, puesto que esto no está más lejos de la realidad, debería encontrar la solución del acertijo en un sitio más pausado. A su vez, y no en esto juegan a favor las circunstancias, al no estar mi Dorado en el consumo en demasía, bien sea de penas o placeras, más tendré que remover el interior de mi existencia hasta quizá un extremo harto complicado. Y, aunque bien sabido es de mi persona su sencillez tranquilizadora, mas no por ello menos compleja mi reflexión sobre el tema expuesto en esta mesa, no creo que por esto debiera ayudarme la Fortuna en este enigma paradisíaco. Mas ya es momento de empezar el combate que a corazón y mente en mi interior enfrentará su desenlace.
Fueron más derrumbes que alzamientos los que me sucedieon, mas no con espíritus dispersos, si no todos con el mismo ángel desterrado. Por cada obstáculo salvado me encontraba mil kilómetros minados. Cien victorias sucedieron a diez mil derrotas y escasos aciertos se sucedían en un profundo desatino continuado. ¡¡Ahh!! ¡Cuerpo de diosa y mente de diablo, es a ti a quien debo todos mis fallos! Y por buenas maneras y orgullo, también a mi en la culpa me incluyo por haberte seguido más allá de la muerte hasta el último minuto.

Sencillamente te digo q m gusta esta entrada y por si no sale mi nombre soi Jean jajaj no habia visto antes este blog pero al parecer puede q lo vea muy a menudo m gusta tu forma d expresarte y escribir ya q no escribes sin ningun significado sino k escribes con un proposito i like it +1
ResponderEliminarJajajajaja muchisimas gracias.
ResponderEliminarNo sabía que alguien leía esto a parte de mis amigos :D
Un abrazo.