Vacui

Abrió los ojos y la vio,
como en el sueño,
el sueño de un instante,
de uno solo:
un segundo;
de un momento atrás.
La vio a ella,
tumbada a lo largo y ancho de la cama,
acurrucando el miedo
contra su pecho desnudo.
Sus piernas temblaban,
con ritmo,
al son de una fría incertidumbre
que solo la dejaba correr,
huir,
entre los recovecos de la calma
que reinaba en la cama blanca donde dormía.
Acariciaba la noche,
con una suave cadencia,
su cuerpo arrojado a la intemperie,
mientras él miraba
y transmutaba sus deseos en un llanto silencioso.

Y ella no despertó.
Nunca estuvo despierta. Nunca estuvo viva.
Solo fue unas lágrimas,
que jugueteaban por la marea de las sábanas entre su cuerpo.
Un abrir y cerrar de ojos,
dormido y anestesiado,
por querer abrir los ojos.

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