Tic.
Tropezaba el Sol delante de mi, mientras caminaba absorto por una alborotada calle, llena de espectáculos baratos y locales dedicados a la consumición de las propias almas de los incautos que se aventuraban a entrar o a los necios que se creían libres de responsabilidad para consigo mismos. La gente a mi alrededor corría de un lado para otro; gritaban las aceras, doloridas por la velocidad bajo la cual se sentían apresadas; varios grupos distintos hacían corro en torno a un fantoche que prometía convertir el vino en oro líquido o botarates que engañaban a la fauna enloquecida de la avenida diciendo que el cielo estaba al alcance de las manos de cualquiera que pudiese pagar el precio impuesto por su avaricia. A lo lejos, mis ojos alcanzaban a ver, tras los sucios cristales de mis gafas, la horda incontrolable que, mientras arrasaba el asfalto e ignoraba la quietud que las antiguas paredes que tapizaban el paisaje ofrecían, buscaba un nuevo entretenimiento de tres minutos y veinte segundos que pudiera hacer surgir en el interior de su cabeza la vana sensación, el placebo, de estar contemplando un prodigio, material que le enriqueciera el alma. La capacidad de abstracción que la circunstancia me exigía mantener en esa situación es difícilmente explicable, aún con la ventaja de la experimentación del propio fenómeno. Intentaba seguir caminando sin detener mi atención en ninguna baratija móvil, o inmóvil, de las que poblaban la calle que me me abrazaba. Sin rumbo fijo, daba tumbos de un lado a otro, escuchando el susurro que los edificios centenarios intentaban convertir en rugidos proclamadores de su existencia ignorada, condenada a ser el cero a la izquierda de cualquier dos más dos. Y entonces, mientras la perpetua torre del reloj me confiaba que todos los años atrasaba medio minuto la vida de los que, en medio de la orgía caótica de voces y quehaceres que suprimían el tiempo de los moradores de sus aceras, sentían la necesidad placentera de contemplar el sencillo trote de la manecilla grande de su único recipiente ocular, vi aquél misterio vestido con una gabardina negra, sombrero calado, y una bufanda histórica, protectora de las tempestades de la garganta, procedente del muy probable tiempo de la madre de la mujer que le dio luz a sus ojos. Observaba con detenimiento el calculado objetivo que, en lo alto, perseguía la diminuta manecilla, girando y girando, sin detenerse, en torno al medio punto que la sujetaba. No se veían más que sus labios bajo el sombrero, situado con inteligencia en un ángulo que complicaba la visión al ojo humano, de los cuales, al cabo de unos minutos, mientras le había estado observando, surgió una palabra que, desde la distancia, era imposible reconocer. Dicho esto, dio la vuelta, y se internó entre la multitud, esquivando con gracilidad los obstáculos que el vicio ponía en su camino. Sin dudarlo ni un segundo, salí tras él, con algún tipo de esperanza de hallar algo desconocido, o conocido, pero verlo con nuevos ojos. Dos calles más lejos lo encontré, a punto de girar e adentrarse en un callejón muy cinematográfico: cubos de basura abiertos, la alcantarilla medio levantada, vapor sugerente y humo de cigarro. Y justo antes, justo antes de encontrar lo que yo andaba buscando, lo vi. Lo recuerdo y lo recordaré siempre. Justo antes de doblar la esquina del callejón y ver que había desaparecido, sólo él sabe cómo, entre una regia pared de ladrillo antiguo y el resto humeante del cigarro que había estado fumando, atisbe el trazo de un tatuaje es un muñeca derecha: una rosa.
Tenía tatuada una rosa, una rosa blanca.
Tenía tatuada una rosa, una rosa blanca.
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