Tu n’as rien vu à Hiroshima

Caminan las mujeres por Nevers al mediodía,
los ríos siguen siendo ríos, las aceras siguen mal pisadas,
los palacios franceses siguen sin moverse, respirando
tiempos pasados de revolución.

Duermen todos los hombres, al amanecer, en Hiroshima,
las calles se curan poco a poco,
en el templo espera el aire un cambio,
un cambio en los jardines, en la vida alrededor,
la calma tenebrosa de la inexactitud.

Es en Nevers y en Hiroshima donde el amante es y puede ser
y será mientras quiera
el único amante de todo aquello conocido por el hombre
y la mujer es y puede y será
si quiere
la vuelta, la tuerca, la pieza, la roca y el fin.

Es en Nevers y en Hiroshima y no en otro lugar
donde el amante es su propio ser frente al amante,
donde no importa quién eres o quién fuiste
tú, si la piel se queda al raso y niegas conocer el olvido
y el nombre de mi cuerpo
o la vida entre tus cicatrices o las mujeres que pasaron por ti
antes de tu memoria.

Es Nevers y es Hiroshima los dos lados de la cama
y de la noche
y del placer:
la agonía triste y silenciosa y el grito callado de vivir.

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